Un trono en juego

04/10/2009

Se acerca el invierno y con él la visita del rey Robert Baratheon, primer rey de la dinastía Baratheon, y toda su corte a Invernalia, capital de los dominios del Norte y feudo de Eddard Stark, súbdito y amigo de Robert. Catorce años atrás Robert y Eddard lideraron huestes de nobles descontentos en una revuelta que se convirtió en guerra civil contra Aerys Targaryen, el rey loco, y que acabó con las muertes del viejo rey y del príncipe heredero y su familia, y la subida al trono de hierro de Robert Baratheon como Robert I, o el usurpador, tal y como se le conoce entre los fieles a la antigua casa reinante. Han sido catorce años de paz y prosperidad gracias a los que Robert ha conseguido mantener el trono y hacer olvidar a sus nuevos súbditos de los Siete Reinos que no se trata más que de un advenedizo y de un rey incapaz que gobierna a través de sus ministros. A lo largo de estos catorce años Robert y Eddard no se han vuelto a ver, ocupado el primero en dilapidar el erario de los Siete Reinos en fiestas, putas y banquetes y el segundo en gobernar el frío Norte con austeridad pero con justicia. Robert acude a Invernalia acompañado de su esposa la reina, Cersei de la casa Lannister, la mujer más bella de todo el continente de Poniente,  a la que nunca ha amado pero gracias a la que ha establecido una provechosa alianza con la casa Lannister, o más bien con sus repletas arcas. También acompañan a Robert sus hijos, Joffrey, príncipe heredero y psicópata en ciernes, y los pequeños Tommen y Myrcella. La guardia del rey entre la que se cuenta Jaime Lannister, el matarreyes, hermano de la reina, vela por su seguridad. Jaime Lannister debe su sobrenombre al hecho de que también fue miembro de la guardia del anterior rey, ventaja que aprovechó para traicionarle y matarle a sangre fría a pesar de su juramento de vasallaje cuando se dio cuenta de que los rebeldes de Robert llevaban visos de ganar la guerra. Por su parte, Eddard tampoco ha perdido el tiempo, casado con Catelyn de la casa Tully ha tenido cinco hijos de ella además de Jon Nieve, un hijo bastardo al que trata como uno más de sus hijos legales pero que conforme crece toma conciencia de que no hay un lugar para él en el mundo reservado a sus medio-hermanos.

Aunque extrañado por la visita de su viejo amigo, Eddard Stark sospecha los motivos de la misma. Pese a que Invernalia se encuentra a muchas millas de los rumores de la corte en Desembarco del Rey, capital de los Siete Reinos, hasta ella ha llegado la noticia de la repentina muerte de Jon Arryn, primer ministro de Robert, cargo que se conoce como “Mano del Rey”. Eddard presiente que Robert le ofrecerá el cargo de Mano del Rey tal y como ya hizo una vez tras la victoria en la guerra que le coronó rey de los Siete Reinos. Eddard rehusó entonces, pero en esta ocasión la llegada del rey con un probable nombramiento coincide con una carta que su esposa ha recibido desde la corte escrita por su hermana, esposa del fallecido primer ministro, en la que le asegura que aunque desconoce los motivos está segura de que Arryn fue asesinado por la camarilla de la reina, que sirve a los intereses de los Lannister en la corte.

Al otro lado del mar, Viserys y Daenerys, los príncipes Targaryen, hijos menores del rey loco y últimos miembros vivos de la casa real destronada viven en el exilio de las limosnas de los partidarios de la familia Targaryen y sueñan con el día en que puedan regresar al continente de Poniente para matar al usurpador y recuperar el Trono de Hierro de los Siete Reinos.

Mientras tanto, más allá del Norte, al otro lado del muro que custodia la Guardia de la noche la gélida promesa del cercano invierno despierta de su sueño a un enemigo al que sólo recuerdan las leyendas y con el que ninguno de los participantes en el Juego de tronos ha contado a la hora de urdir sus planes para alcanzar la gloria.

Jaime Lannister, el matarreyes, sentado sobre el trono de hierro tras asesinar al rey que juró proteger

Jaime Lannister, el matarreyes, sentado sobre el trono de hierro tras asesinar al rey que juró proteger

Así es como empieza Juego de Tronos, primer volumen de la Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin, me he limitado a describir el contexto previo antes de que comience el desarrollo de la historia en sí, así pues todo lo explicado más arriba  ya ha sucedido, se trata sólo de antecedentes. La trama es compleja y está llena de personajes aún más complejos. Puede espantar a la gran mayoría de los lectores el hecho de que en las librerías la clasifiquen como una novela de fantasía (conmigo casi lo consigue) sin embargo, es mucho más que eso. Es cierto que se debe a la fantasía del autor la creación de un mundo nuevo paralelo al nuestro en el que destaca el continente de Poniente dividido en Siete Reinos, antiguamente independientes pero unificados bajo la hegemonía Targaryen. Es cierto que también es responsabilidad de la fantasía del autor que las estaciones en el continente de Poniente duren un número indeterminado de años; a plácidos años de verano le siguen unos cuantos años de benévolo otoño y largos años de cruel invierno. Pero por lo demás es imposible encontrar rastro de elfos, enanos o hobbits en las páginas de Juego de tronos, la única raza en la novela es la humana. Tampoco hay criaturas fantásticas esperando a la vuelta de la página para servir como ingrediente para remedios milagrosos. Es verdad que una vez los dragones sirvieron a los reyes Targaryen en Poniente pero, paradójicamente, se extinguieron y ya sólo respiran fuego en el recuerdo. Ni siquiera hay una pizca de magia en los Siete Reinos, ni hechiceros, ni brujas, ni nigromantes, ni hadas. Lo que sí hay es una situación de partida más que interesante para una historia que se complica con cada capítulo, un elenco de personajes muy bien dibujados que no para de aumentar conforme avanza la acción y la innegable capacidad de Martin para sorprender al lector con una saga que no cesa de crecer y que es imposible abarcar en un solo post (no he hablado de Tyrion, por ejemplo). Por establecer una analogía, El señor de los anillos a mí me parece una novela que trata de gente que anda, a veces entran en un bosque y andan por el bosque, luego salen del bosque y continúan andando, hacia el final hay alguna batalla pero la novela se reduce a gente más o menos variopinta que anda mucho y recia mucha poesía y canta muchas canciones. Bien, pues Canción de hielo y fuego de Martin es todo lo contrario, nunca dejan de ocurrir cosas y apenas hay capítulos que transcurran sin que el argumento avance. De cantar poco y sólo en momentos muy señalados.

Cada capítulo de Juego de tronos está escrito en primera persona desde el punto de vista de uno de los personajes, con lo que es posible ver como un mismo acontecimiento provoca diferentes reacciones en cada personaje según de qué información dispone, sus valores y sus motivaciones, pudiendo interpretar los mismos hechos de forma muy diferente a como otro personaje los interpreta. Como consecuencia no hay villanos ni héroes absolutos en Canción de hielo y fuego, y los que en algún momento nos lo parecieron pueden dejan de serlo cuando otro personaje nos cuente “su versión de la historia”. Además, se trata de una historia coral, por eso no conviene asignarle inconscientemente el rol de protagonista a un personaje pues Martin no siente ninguna pena a la hora de deshacerse sin miramientos de aquéllos a los que habíamos tomado cariño si ello contribuye a darle un giro inesperado a su crónica. Con bastante maña como narrador el autor hace bailar la intriga alrededor de asesinatos, conspiraciones, relaciones incestuosas, fanatismo religioso, secretos de alcoba, juegos de alianzas, conjuras políticas y guerras eternas que tienen como único fin salir victorioso en el Juego de tronos, él único juego que importa y al que todos los personajes deben aprender a jugar si quieren seguir vivos: morir o matar.

En la actualidad HBO está preparando la filmación de una serie cuya primera temporada seguirá los acontecimientos que conforman Juego de tronos, la primera entrega de la Canción de hielo y fuego.

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¡Formidable!

22/09/2009

Hace un año, cuando vivía en Suecia, me enteré de que había una forma de fabricar tu propio vino en casa. Consistía en comprar mosto de uva concentrado, añadirle agua y levaduras, y dejar que fermentase durante quince días. Sí, lo he dicho bien, la palabra es “fabricar”. El resultado era un vino que, de beberlo, habría condenado a Don Simón a una cirrosis mortal. Por si esto no fuera suficiente, siempre le añadíamos un kilo de azúcar al principio de la fermentación para así aumentar la graduación alcohólica, ¡sí, señor! A este vino le llamábamos “fighter wine” o Castillo/Castigo de Estocolmo y no era malo, era peor. Pero era barato. Era tan malo que nunca nos atrevimos a beberlo solo, únicamente lo utilizábamos para hacer sangría que llevábamos a las fiestas de estudiantes. Podríamos haber vendido la sangría (los suecos no entendían que no lo hiciéramos), pero preferíamos regalarla y llevarnos bien con el Ministerio de Sanidad sueco por lo que pudiera pasar. Pues bien, en una de estas fiestas animamos amablemente a una estudiante francesa a que probase un vaso de nuestra “fighter sangría”, como habíamos hecho con todo el mundo. La chica antes de contestar nos miró de arriba abajo. Luego de abajo a arriba. Arrugó la nariz, frunció el ceño y torció la boca. Sólo después de hacer todo esto contestó. En España no tenéis una cultura del vino como en Francia, nos dijo antes de volvernos la espalda a nosotros y a lo que éramos perfectamente conscientes de que era una mala sangría elaborada con un vino espantoso.

Todo esto viene a cuenta de que un gran número de los franceses que he conocido tiene un “trato difícil” (por decir algo suave). Yo, que tengo un trato aun más difícil, suelo preguntarles después de actuaciones como la anterior si chovinista es una palabra que viene del francés porque nunca estoy seguro del todo.

Como consecuencia de esta encantadora idiosincrasia que caracteriza a gran número de franceses, la mejor forma de ganárselos es con sus propias armas. Y la mejor para ello es El pequeño Nicolás. Todos los franceses han leído alguna historia de El pequeño Nicolás y a todos les encantan. La primera razón es, obviamente, porque Nicolás es francés, la segunda porque sus historias suceden en Francia, la tercera porque está escrito e ilustrado por franceses y la cuarta (la primera para los humanos de segunda, es decir, el resto) es porque El pequeño Nicolás es simplemente genial, perdón, formidable.

El pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás

Las historias del pequeño Nicolás fueron escritas por René Goscinny (grandísimo creador de Asterix e Iznogud) e ilustradas por Jean-Jacques Sempé y se recopilan en una serie de libros. Nicolás es un niño en torno a los ocho o nueve años (creo que nunca se llega a especificar su edad) que tiene un montón de amigos en el colegio, una capacidad innata para meterse en líos y un premio “a la elocuencia”  del todo inexplicable, porque cuando le toca dar explicaciones de sus trastadas a sus padres éstos nunca consiguen entender que él es una pobre víctima de las circunstancias y que no tiene culpa de nada.

Goscinny y Sempé publicaron las historias del pequeño Nicolás en varias revistas entre los años 1956 y 1964, más tarde se editarían reunidas en los libros El pequeño Nicolás (1960), Los recreos del pequeño Nicolás (1961), Las vacaciones del pequeño Nicolás (1962), Los amiguetes del pequeño Nicolás (1963) y Joaquín tiene problemas (1964).

En 2004, sin embargo, Anne Goscinny, hija de René Goscinny, descubrió entre los papeles de su padre una serie de historias inéditas del pequeño Nicolás ya ilustradas por Sempé que por motivos desconocidos nunca se llegaron a publicar, ¡nada menos que ochenta! En Francia las publicaron en dos volúmenes en 2004 y 2006 respectivamente. La editorial Alfaguara, que ya tradujo y publicó las anteriores  recopilaciones del pequeño Nicolás, ha sido la encargada de publicar en España las historias inéditas del pequeño Nicolás. No obstante, en lugar de hacerlo en dos volúmenes como en Francia lo ha hecho en cuatro, ¿para qué dos tomos cuando se puede sacar el doble de dinero a los lectores haciéndolo en cuatro? Si los franceses son unos chovinistas, España está llena de listos (por decir algo suave).

Nicolás y sus compañeros en clase

Nicolás y sus compañeros en clase

Hace sólo dos semanas que me enteré de que existían las historias inéditas del pequeño Nicolás. Inmediatamente me hice con los cuatro libros y he de decir que son tan buenas como las que ya había leído. Si se les hubiese de achacar un “pero” éste sería el cambio de traductor. Miguel Azaola hubo de sustituir como traductor a Esther Benítez que tradujo de forma inigualable las primeras recopilaciones de Nicolás (además de a Pavese o Calvino), pero que desgraciadamente murió en 2001. En mi opinión, sólo Esther Benítez consiguió capturar perfectamente esa sencillez para narrar de Goscinny tan lograda en las aventuras de Nicolás y que en cada historia hace desembocar irremediablemente en la carcajada (aún me río si recuerdo las de “Chocho” y “Pulgarcito”). Aunque la traducción de Azaola es muy buena, no ha tenido en cuenta que los que leímos mil veces las historias anteriores no estamos demasiado contentos con que a Agnan se le cambie el nombre por Aniano, que a Nicolás se le pida que sea “formal” en lugar de “razonable”, que las cosas buenas ahora son “estupendas” en lugar de “formidables”  y que haya fastidiado el chiste de “el Caldo” que es un elemento recurrente en toda la serie.

Mejor esto último lo explico. Los que leísteis las historias anteriores de Nicolás recordaréis que “el Caldo” es el vigilante del patio durante los recreos en el colegio de Nicolás. Cuando Nicolás y sus amigos arman escándalo o se portan mal el Caldo les dice siempre “¡Mírenme bien a los ojos!” y acaba repartiendo castigos como conjugar en todos los tiempos de indicativo y subjuntivo verbos relacionados con la travesura, por ejemplo: “No debo ser grosero con un camarada que está encargado de vigilarme y que quiere mandarme hacer problemas de aritmética”. En la traducción de Esther Benítez, cuando Nicolás explica por qué le llaman “el Caldo” es “porque dice todo el tiempo: Miradme a los ojos, y en el caldo hay ojos. Yo tampoco lo entendí en seguida, pero los mayores me lo explicaron” y entonces el lector recuerda con cariño que en sus años de escuela los motes para los profesores se heredaban de generación en generación,  y que a la mayoría de ellos nadie les encontraba sentido o recordaba su origen y que, por lo tanto,  lo mismo ocurría con “el Caldo”. En realidad la explicación del mote de “el Caldo” es intraducible al castellano (en francés yeux es ojos pero también es el nombre que se le da a la grasa que no se mezcla con el agua y forma pequeños círculos en la superficie del caldo, de ahí que en el caldo haya “ojos”) y Esther Benítez aprovechó para crear su propio chiste en lugar de traducir literalmente como hace Azaola que traduce como: “en el caldo siempre hay ojos de grasa”. Pero podría ser peor, en catalán traducen el nombre de Le Bouillon (El Caldo en castellano) como Ullsdetita (literalmente Ojosdegallina).

Joaquín, amiguete de Nicolás, vigila que el Caldo no les pille desprevenidos

Joaquín, amiguete de Nicolás, vigila que el Caldo no les pille desprevenidos

Lo cierto es que es una gran noticia que se hayan publicado estas historias que, sea uno francés o no, nos acercan a todos a la patria común que es la infancia ya que como dice Anne Goscinny “El aroma de la tiza en Buenos Aires es el mismo que en Burdeos”. Qué digo gran noticia, ¡es formidable!

Escribiendo esto me he enterado de que en Francia se estrenará una película basada en El pequeño Nicolás el 30 de septiembre; con lo delicados que se vuelven los recuerdos que uno guarda de su infancia y lo fácil que resulta quebrarlos no sé si alegrarme o echarme a temblar