¡Formidable!

22/09/2009

Hace un año, cuando vivía en Suecia, me enteré de que había una forma de fabricar tu propio vino en casa. Consistía en comprar mosto de uva concentrado, añadirle agua y levaduras, y dejar que fermentase durante quince días. Sí, lo he dicho bien, la palabra es “fabricar”. El resultado era un vino que, de beberlo, habría condenado a Don Simón a una cirrosis mortal. Por si esto no fuera suficiente, siempre le añadíamos un kilo de azúcar al principio de la fermentación para así aumentar la graduación alcohólica, ¡sí, señor! A este vino le llamábamos “fighter wine” o Castillo/Castigo de Estocolmo y no era malo, era peor. Pero era barato. Era tan malo que nunca nos atrevimos a beberlo solo, únicamente lo utilizábamos para hacer sangría que llevábamos a las fiestas de estudiantes. Podríamos haber vendido la sangría (los suecos no entendían que no lo hiciéramos), pero preferíamos regalarla y llevarnos bien con el Ministerio de Sanidad sueco por lo que pudiera pasar. Pues bien, en una de estas fiestas animamos amablemente a una estudiante francesa a que probase un vaso de nuestra “fighter sangría”, como habíamos hecho con todo el mundo. La chica antes de contestar nos miró de arriba abajo. Luego de abajo a arriba. Arrugó la nariz, frunció el ceño y torció la boca. Sólo después de hacer todo esto contestó. En España no tenéis una cultura del vino como en Francia, nos dijo antes de volvernos la espalda a nosotros y a lo que éramos perfectamente conscientes de que era una mala sangría elaborada con un vino espantoso.

Todo esto viene a cuenta de que un gran número de los franceses que he conocido tiene un “trato difícil” (por decir algo suave). Yo, que tengo un trato aun más difícil, suelo preguntarles después de actuaciones como la anterior si chovinista es una palabra que viene del francés porque nunca estoy seguro del todo.

Como consecuencia de esta encantadora idiosincrasia que caracteriza a gran número de franceses, la mejor forma de ganárselos es con sus propias armas. Y la mejor para ello es El pequeño Nicolás. Todos los franceses han leído alguna historia de El pequeño Nicolás y a todos les encantan. La primera razón es, obviamente, porque Nicolás es francés, la segunda porque sus historias suceden en Francia, la tercera porque está escrito e ilustrado por franceses y la cuarta (la primera para los humanos de segunda, es decir, el resto) es porque El pequeño Nicolás es simplemente genial, perdón, formidable.

El pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás

Las historias del pequeño Nicolás fueron escritas por René Goscinny (grandísimo creador de Asterix e Iznogud) e ilustradas por Jean-Jacques Sempé y se recopilan en una serie de libros. Nicolás es un niño en torno a los ocho o nueve años (creo que nunca se llega a especificar su edad) que tiene un montón de amigos en el colegio, una capacidad innata para meterse en líos y un premio “a la elocuencia”  del todo inexplicable, porque cuando le toca dar explicaciones de sus trastadas a sus padres éstos nunca consiguen entender que él es una pobre víctima de las circunstancias y que no tiene culpa de nada.

Goscinny y Sempé publicaron las historias del pequeño Nicolás en varias revistas entre los años 1956 y 1964, más tarde se editarían reunidas en los libros El pequeño Nicolás (1960), Los recreos del pequeño Nicolás (1961), Las vacaciones del pequeño Nicolás (1962), Los amiguetes del pequeño Nicolás (1963) y Joaquín tiene problemas (1964).

En 2004, sin embargo, Anne Goscinny, hija de René Goscinny, descubrió entre los papeles de su padre una serie de historias inéditas del pequeño Nicolás ya ilustradas por Sempé que por motivos desconocidos nunca se llegaron a publicar, ¡nada menos que ochenta! En Francia las publicaron en dos volúmenes en 2004 y 2006 respectivamente. La editorial Alfaguara, que ya tradujo y publicó las anteriores  recopilaciones del pequeño Nicolás, ha sido la encargada de publicar en España las historias inéditas del pequeño Nicolás. No obstante, en lugar de hacerlo en dos volúmenes como en Francia lo ha hecho en cuatro, ¿para qué dos tomos cuando se puede sacar el doble de dinero a los lectores haciéndolo en cuatro? Si los franceses son unos chovinistas, España está llena de listos (por decir algo suave).

Nicolás y sus compañeros en clase

Nicolás y sus compañeros en clase

Hace sólo dos semanas que me enteré de que existían las historias inéditas del pequeño Nicolás. Inmediatamente me hice con los cuatro libros y he de decir que son tan buenas como las que ya había leído. Si se les hubiese de achacar un “pero” éste sería el cambio de traductor. Miguel Azaola hubo de sustituir como traductor a Esther Benítez que tradujo de forma inigualable las primeras recopilaciones de Nicolás (además de a Pavese o Calvino), pero que desgraciadamente murió en 2001. En mi opinión, sólo Esther Benítez consiguió capturar perfectamente esa sencillez para narrar de Goscinny tan lograda en las aventuras de Nicolás y que en cada historia hace desembocar irremediablemente en la carcajada (aún me río si recuerdo las de “Chocho” y “Pulgarcito”). Aunque la traducción de Azaola es muy buena, no ha tenido en cuenta que los que leímos mil veces las historias anteriores no estamos demasiado contentos con que a Agnan se le cambie el nombre por Aniano, que a Nicolás se le pida que sea “formal” en lugar de “razonable”, que las cosas buenas ahora son “estupendas” en lugar de “formidables”  y que haya fastidiado el chiste de “el Caldo” que es un elemento recurrente en toda la serie.

Mejor esto último lo explico. Los que leísteis las historias anteriores de Nicolás recordaréis que “el Caldo” es el vigilante del patio durante los recreos en el colegio de Nicolás. Cuando Nicolás y sus amigos arman escándalo o se portan mal el Caldo les dice siempre “¡Mírenme bien a los ojos!” y acaba repartiendo castigos como conjugar en todos los tiempos de indicativo y subjuntivo verbos relacionados con la travesura, por ejemplo: “No debo ser grosero con un camarada que está encargado de vigilarme y que quiere mandarme hacer problemas de aritmética”. En la traducción de Esther Benítez, cuando Nicolás explica por qué le llaman “el Caldo” es “porque dice todo el tiempo: Miradme a los ojos, y en el caldo hay ojos. Yo tampoco lo entendí en seguida, pero los mayores me lo explicaron” y entonces el lector recuerda con cariño que en sus años de escuela los motes para los profesores se heredaban de generación en generación,  y que a la mayoría de ellos nadie les encontraba sentido o recordaba su origen y que, por lo tanto,  lo mismo ocurría con “el Caldo”. En realidad la explicación del mote de “el Caldo” es intraducible al castellano (en francés yeux es ojos pero también es el nombre que se le da a la grasa que no se mezcla con el agua y forma pequeños círculos en la superficie del caldo, de ahí que en el caldo haya “ojos”) y Esther Benítez aprovechó para crear su propio chiste en lugar de traducir literalmente como hace Azaola que traduce como: “en el caldo siempre hay ojos de grasa”. Pero podría ser peor, en catalán traducen el nombre de Le Bouillon (El Caldo en castellano) como Ullsdetita (literalmente Ojosdegallina).

Joaquín, amiguete de Nicolás, vigila que el Caldo no les pille desprevenidos

Joaquín, amiguete de Nicolás, vigila que el Caldo no les pille desprevenidos

Lo cierto es que es una gran noticia que se hayan publicado estas historias que, sea uno francés o no, nos acercan a todos a la patria común que es la infancia ya que como dice Anne Goscinny “El aroma de la tiza en Buenos Aires es el mismo que en Burdeos”. Qué digo gran noticia, ¡es formidable!

Escribiendo esto me he enterado de que en Francia se estrenará una película basada en El pequeño Nicolás el 30 de septiembre; con lo delicados que se vuelven los recuerdos que uno guarda de su infancia y lo fácil que resulta quebrarlos no sé si alegrarme o echarme a temblar

Anuncios

Conducíamos sin rumbo desde hacía más de cincuenta kilómetros. Si habíamos seguido conduciendo era con tal de no enfrentarnos a la verdad: nos habíamos perdido. Al final la razón se impuso y decidimos parar junto al arcén de la carretera para ver si averiguábamos donde estábamos. Por todos es sabido que es mucho más saludable gritarse insultos fuera  que dentro de un coche en marcha que corre sobre una carretera comarcal mal asfaltada.

Éramos cuatro y estábamos en algún lugar indeterminado de Granada.

Cuando estábamos en lo mejor de la discusión (habíamos decidimos por tres contra uno que la verdadera razón de que estuviésemos perdidos era porque Luis no sabía tomar las curvas con suavidad) apareció Manolo. Salió de detrás de una curva y se nos acercó a un trotecillo ligero aunque indudablemente deportivo. En ese momento aún no le habíamos bautizado como Manolo, eso ocurrió más tarde. Manolo continuó su trote hacia nosotros, que ya habíamos dejado de discutir porque habíamos conseguido ponernos de acuerdo en algo: Manolo era un cerdo. Luis, que seguía molesto, apuntó que no era un cerdo adulto sino un lechón. Con tal de llevarle la contraria aprobamos, por tres contra uno (una vez más), que Manolo no era un lechón, era un cerdo bajito. Manolo se había parado a mitad camino y nos miraba con curiosidad y una sonrisa de medio lado. Poco después continuó su trote despreocupado hacia nosotros. Sin duda se trataba de un cerdo valiente. O bastante confianzudo.

Cuando llegó a nuestra altura se paró, estudió nuestro calzado y se quedo a la espera de algo.

– Tiene hambre.

Era un pensamiento que a todos nos había cruzado la mente, por lo que ni hoy ni entonces tuve claro quién de los cuatro fue el encargado de ponerle voz.

A Manolo pareció gustarle el bocata de Nocilla que le dimos, probablemente porque era la hora de la merienda y los bocatas de Nocilla son muy apropiados para ese momento, esté uno perdido o sea un niño o un cerdo bajito.

Esta vez fue Claudio quien dijo en voz alta aquello que todos pensábamos:

– ¿Nos lo llevamos?

Al recordarlo me parece ridículo, llevarnos a un cerdo en el coche… es estúpido, además de que era un cerdo desconocido, indocumentado, sin referencias.

Pero en aquel momento nos pareció una gran idea, una idea luminosa, como mínimo.

Manolo, totalmente ajeno al hecho de que su futuro estaba siendo decidido por los propietarios de los pies junto a los estaba comiéndose el bocata de nocilla, trasegaba la merienda que daba gusto mirarle.Era un cerdo bastante gracioso y carismático, probablemente había desarrollado esas cualidades para contrarrestar el hecho de ser tan bajito y defenderse de la presión de grupo ejercida por el resto de los cerdos más grandes, como tantas veces ocurre en la cruel y competitiva sociedad porcina.

Cuando estábamos decidiendo si a un cerdo basta con ponerle el cinturón cuando se le lleva en coche o hace falta una sillita homologada con anclajes un hombre salió de la misma curva por la que había llegado Manolo. Pese a la distancia vimos que se le iluminaba la cara en el momento en el que divisó a Manolo. El hombre se echó a correr hacia nosotros al tiempo que no dejaba de gritarle cosas no demasiado amables a Manolo que, dispuesto a dar prueba de su fuerte personalidad, ni siquiera se molestó en girarse. El hombre, de unos sesenta años y con un acento muy cerrado nos dio las gracias por guardarle el cerdo y cargó a Manolo en brazos sin ni siquiera preguntarle por su consentimiento. Pero a Manolo, que parecía muy concentrado en digerir el bocata de nocilla del que ya había dado cuenta, no pareció importarle a juzgar por la sonrisa beatífica que nos dirigió.

Claudio, que ante la operación del hombre había empezado a fruncir el ceño, pasando a fruncirlo aún más concienzudamente en el momento en que éste se había levantado a Manolo en volandas, le preguntó  con un lenguaje bastante ampuloso y enrevesado y en un tono al que sólo le faltaba que intercalase unos cuantos “buen hombre” y “lugareño” (que no dijo), si podía probar que Manolo (al que no nombró por su nombre) le pertenecía.

Ahora era el hombre el que fruncía el ceño y miraba a Claudio como si fuese un marciano, algo bastante natural teniendo en cuenta la pregunta, el tono y el aspecto que tiene Claudio de haber salido de un catálogo de Ralph Lauren.

Afortunadamente Quique, mucho más práctico, aprovechó para cortar el intercambio de ceños fruncidos y preguntar al hombre por indicaciones para poder continuar. El hombre se olvidó de Claudio (aunque Claudio nunca se olvidaría de él) y pasó a indicarnos cómo podíamos llegar a nuestro destino. Le dimos las gracias (todos menos Claudio) y él a su vez nos agradeció que le hubiésemos guardado al cochino (menos a Claudio). Se marchó con Manolo en brazos asomando por encima del hombro.

Volvimos al coche y nos costó más de dos horas que Claudio interviniese en la conversación con algo más que monosílabos. Nunca ha vuelto a mencionar a Manolo ni a comer bocatas de jamón (en público).