Una de las cosas que nunca he entendido son las películas de tipos duros de los años dorados de Hollywood.

Las películas de gangsters y detectives de esa época necesitan dos cosas fundamentales: por lo menos un tipo duro (aunque pueden ser más) que, por si su nombre no lo deja claro, conviene señalar que es muy duro  y una chica (sección “despampanantes” y normalmente bastante fresca) a la que el tipo duro se suele referir como muñeca.

Con respecto a la chica no tengo nada que objetar, normalmente se trata de una perra del infierno dispuesta a jugártela a la que te descuidas por estar distraído atándote los zapatos. Para la chica bastaba con elegir a una actriz resultona, quitarle las cejas para pintarle después unas con lápiz, maquillarla como a un oso panda, ponerle muchos trajes de noche y decirle que pasase toda la película poniendo cara de que todo le huele a col hervida. Prácticamente todas las actrices que han hecho de la chica consiguen hacerse creíbles (al público nunca le cuesta creer en la intrínseca naturaleza malvada de la mujer).

Sin embargo, la razón por la que no entiendo las películas de tipos duros son precisamente los tipos duros. Sabemos que un tipo duro, sea gangster o detective privado, es: muy duro y muy listo, tiene a la chica loca por él  y no se suele pegar con nadie porque su sola presencia física de tipo duro basta para infundir temor en sus enemigos, que sólo se atreven a enfrentarse a él escondidos tras una pistola (los muy cobardes). Hasta aquí todo claro.

Pues bien, con la definición de tipo duro fresca en mente, ¿alguien me puede explicar por qué los tipos duros por antonomasia son Humphrey Bogart, Edward G. Robinson y James Cagney? ¿La profesión de director de casting no se había inventado entonces?

Humphrey Bogart, Edward G. Robinson y James Cagney… los duros entre los duros, los chicos más rudos de la jungla de asfalto, los… ¿sabe alguien si alguno de ellos levantaba más de dos palmos del suelo? Ninguno de los tres tenía ni media hostia y había que agacharse para pegarles en la cara. No era serio aquello.

Humphrey Bogart, el más grande de todos, dicen. Supongo que cuando lo dicen no se refieren ni a altura (1,70) ni a envergadura.  No era creíble que un señor bajito entrado en años fuese por la vida diciendo inconveniencias con gran facilidad sin que le hubiesen roto ya la cara por diez sitios distintos. Aunque lo peor de Bogart es que en muchas de sus películas de tipo duro aprovecha cualquier ocasión para calmar a la chica recordándole que se le da bastante bien abofetear… ver para creer. Estoy completamente seguro de que si fuese al revés y la chica le hubiese soltado un par de bofetadas suaves lo hubiese lisiado de por vida. Menos mal que tras explotarlo como durísimo dejaron que se luciese con otros papeles más coherentes con su apariencia como el que tiene en La reina de África.

Con Edward G. Robinson no sé por dónde empezar. Si Bogart era bajito Edward G. Robinson es un enano que se ha escapado del circo…  aunque un enano muy duro,  por descontado. Además de duro también era un enano muy afortunado, porque que yo sepa en ninguna película le saltan todos los dientes, cuando con una patada no demasiado alta habría sobrado. Otro más que se redimiría como actor en películas como La mujer del cuadro. Por cierto, su primo escribe muchísimos libros y lleva muchos años amargándoles la existencia a los norcoreanos.

Los hermanos Tonetti, preparando su último número para el circo

Los hermanos Tonetti, preparando su último número para el circo

Por último tenemos a James Cagney, que tampoco era un coloso, precisamente. Por lo menos Cagney aparece en las películas de gangsters apuntalando la autoridad de sus imponentes 1,65 metros de estatura con una pistola (es curioso, pero es un recurso que suele conferir bastante autoridad), no como Bogart, que sólo la sacaba hacia el final de la película. A pesar de todo, yo a James Cagney le perdono lo que sea porque es el protagonista de una de mis películas favoritas.

James Cagney y su peinado escolar

James Cagney y su peinado escolar

Lo único que puedo decir en defensa de estos tres intentos de tipo duro es que al menos se trataba de grandes actores. Quizás eso es lo que salva sus películas de hombres de mirada de acero de la carcajada general y el ridículo más espantoso.

Afortunadamente siempre quedó alguien para defender el pabellón de los tipos duros porque era un auténtico tipo duro: físico de tipo duro y cara de tipo duro. Damas y caballeros, una gran reverencia para el grandísimo Robert Mitchum, buen tipo duro y mejor actor. Aún hay noches en que el predicador Harry Powell vuelve para envenenar mis sueños.

Robert Mitchum, el predicador

Robert Mitchum, el predicador