Conducíamos sin rumbo desde hacía más de cincuenta kilómetros. Si habíamos seguido conduciendo era con tal de no enfrentarnos a la verdad: nos habíamos perdido. Al final la razón se impuso y decidimos parar junto al arcén de la carretera para ver si averiguábamos donde estábamos. Por todos es sabido que es mucho más saludable gritarse insultos fuera  que dentro de un coche en marcha que corre sobre una carretera comarcal mal asfaltada.

Éramos cuatro y estábamos en algún lugar indeterminado de Granada.

Cuando estábamos en lo mejor de la discusión (habíamos decidimos por tres contra uno que la verdadera razón de que estuviésemos perdidos era porque Luis no sabía tomar las curvas con suavidad) apareció Manolo. Salió de detrás de una curva y se nos acercó a un trotecillo ligero aunque indudablemente deportivo. En ese momento aún no le habíamos bautizado como Manolo, eso ocurrió más tarde. Manolo continuó su trote hacia nosotros, que ya habíamos dejado de discutir porque habíamos conseguido ponernos de acuerdo en algo: Manolo era un cerdo. Luis, que seguía molesto, apuntó que no era un cerdo adulto sino un lechón. Con tal de llevarle la contraria aprobamos, por tres contra uno (una vez más), que Manolo no era un lechón, era un cerdo bajito. Manolo se había parado a mitad camino y nos miraba con curiosidad y una sonrisa de medio lado. Poco después continuó su trote despreocupado hacia nosotros. Sin duda se trataba de un cerdo valiente. O bastante confianzudo.

Cuando llegó a nuestra altura se paró, estudió nuestro calzado y se quedo a la espera de algo.

– Tiene hambre.

Era un pensamiento que a todos nos había cruzado la mente, por lo que ni hoy ni entonces tuve claro quién de los cuatro fue el encargado de ponerle voz.

A Manolo pareció gustarle el bocata de Nocilla que le dimos, probablemente porque era la hora de la merienda y los bocatas de Nocilla son muy apropiados para ese momento, esté uno perdido o sea un niño o un cerdo bajito.

Esta vez fue Claudio quien dijo en voz alta aquello que todos pensábamos:

– ¿Nos lo llevamos?

Al recordarlo me parece ridículo, llevarnos a un cerdo en el coche… es estúpido, además de que era un cerdo desconocido, indocumentado, sin referencias.

Pero en aquel momento nos pareció una gran idea, una idea luminosa, como mínimo.

Manolo, totalmente ajeno al hecho de que su futuro estaba siendo decidido por los propietarios de los pies junto a los estaba comiéndose el bocata de nocilla, trasegaba la merienda que daba gusto mirarle.Era un cerdo bastante gracioso y carismático, probablemente había desarrollado esas cualidades para contrarrestar el hecho de ser tan bajito y defenderse de la presión de grupo ejercida por el resto de los cerdos más grandes, como tantas veces ocurre en la cruel y competitiva sociedad porcina.

Cuando estábamos decidiendo si a un cerdo basta con ponerle el cinturón cuando se le lleva en coche o hace falta una sillita homologada con anclajes un hombre salió de la misma curva por la que había llegado Manolo. Pese a la distancia vimos que se le iluminaba la cara en el momento en el que divisó a Manolo. El hombre se echó a correr hacia nosotros al tiempo que no dejaba de gritarle cosas no demasiado amables a Manolo que, dispuesto a dar prueba de su fuerte personalidad, ni siquiera se molestó en girarse. El hombre, de unos sesenta años y con un acento muy cerrado nos dio las gracias por guardarle el cerdo y cargó a Manolo en brazos sin ni siquiera preguntarle por su consentimiento. Pero a Manolo, que parecía muy concentrado en digerir el bocata de nocilla del que ya había dado cuenta, no pareció importarle a juzgar por la sonrisa beatífica que nos dirigió.

Claudio, que ante la operación del hombre había empezado a fruncir el ceño, pasando a fruncirlo aún más concienzudamente en el momento en que éste se había levantado a Manolo en volandas, le preguntó  con un lenguaje bastante ampuloso y enrevesado y en un tono al que sólo le faltaba que intercalase unos cuantos “buen hombre” y “lugareño” (que no dijo), si podía probar que Manolo (al que no nombró por su nombre) le pertenecía.

Ahora era el hombre el que fruncía el ceño y miraba a Claudio como si fuese un marciano, algo bastante natural teniendo en cuenta la pregunta, el tono y el aspecto que tiene Claudio de haber salido de un catálogo de Ralph Lauren.

Afortunadamente Quique, mucho más práctico, aprovechó para cortar el intercambio de ceños fruncidos y preguntar al hombre por indicaciones para poder continuar. El hombre se olvidó de Claudio (aunque Claudio nunca se olvidaría de él) y pasó a indicarnos cómo podíamos llegar a nuestro destino. Le dimos las gracias (todos menos Claudio) y él a su vez nos agradeció que le hubiésemos guardado al cochino (menos a Claudio). Se marchó con Manolo en brazos asomando por encima del hombro.

Volvimos al coche y nos costó más de dos horas que Claudio interviniese en la conversación con algo más que monosílabos. Nunca ha vuelto a mencionar a Manolo ni a comer bocatas de jamón (en público).

Anuncios